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Chocolates de Pascua

Conejos & bastones 

Cinco cuentos del libro con el que gané el Premio de Cuento Joven Pedro Peix 2021

       A Víctor Morel lo apresaron de madrugada, bajo la lluvia, saliendo del cementerio y con el cuerpo de su padre
aún hediondo tendido en su espalda.
       —¿A dónde va con ese muerto?
       No quiso responder cuando le preguntaron.
       No dio un paso más. Se dejó hacer.
       Lo despojaron del cadáver, lo esposaron y lo subieron al camión encapotado como a un ladrón cualquiera. Se
limitaba a mirar los restos de su padre con una cara de angustia más aterradora que las putrefactas facciones del
muerto. Lo único que dijo, y no volvería a decir nada más en toda la noche, fue:

       —No le tapen la cara, por favor. A ver si nos deja tranquilos.

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       Ya no es posible comenzar una historia diciendo que llueve y que el protagonista está sentado en la mesa de un café mirando por el escaparate cómo la lluvia limpia la tarde. Al menos eso cree Marcos, que, al descubrirse así, nota lo patético que resulta ser el personaje de un cuento que ha iniciado de esa manera. Piensa que, si él pudiera tomar mi lugar y escribirse, empezaría por los hechos, por el nudo, por las cosas que lo han traído a este retrato escogido para él. Marcos empezaría por ayer, cuando aún no era este personaje y se encontraba en un lugar remoto de mi ocurrencia, lidiando con el hastío de tener que respirar todos los días el mismo aire inútil del personal que dirige en el departamento de contabilidad del Banco Popular. Nadie parecía ser algo, nadie aparentaba buscar nada. Aquellas oficinas eran blancas alcantarillas.

 

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       En realidad, la mayor cobardía es hacerse el valiente. Piénsalo: para aceptar que eres un cobarde necesitas de mucho valor. Por eso suspiras como si quisieras anclarte a este instante, te pones la capucha del abrigo negro con rayas grises y horizontales de todos los días, te llevas las manos a los bolsillos y, ahora que no puedes barajarlo más, sales, caminas, no miras a nadie ni a ningún lado e intentas no enterarte de lo inevitable. Pero sabemos que no tardará en aparecer el primero en descubrirlo. Hay demasiadas tiendascon escaparates en estas calles. Yo sé que quisieras esconderte entre las finas gotas de esta llovizna y no reparar en el tipo que, al cruzarse contigo, te mira sin darle crédito a lo que ve. Quizás piense que es cosa de la hora o de la llovizna, que distorsiona las cosas con esa forma tan ridícula de caer.

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       Don Robinson, doña Angélica y don Enmanuel se gastaron la vida atribuyéndose la muerte de Moreira. Cada uno poseía su propia versión. La contaban con tanta certeza, lucidez y convencimiento que podían hacerlo de atrás para adelante. Las tres parecían irrefutables. Había quienes afirmaban que los tres, cada quien a su manera y vaya uno a saber cómo, mataron a Moreira. Aquello constituyó un increíble acontecimiento en Santa Lluvia. Jamás hubo velorio ni entierro más concurrido, ni siquiera el de don Chito, a quien todo el mundo amaba. Y no es que Moreira gozara de la estima de sus prójimos. Todo lo contrario. Es que nadie creía posible su muerte y buscaban comprobar si en verdad ya no estaba entre nosotros. Pasados los nueve días, la gente seguía yendo a su tumba. Se aseguraban de no haber soñado la existencia de una lápida cuyo mármol decía:

Alfredo Moreira Casas

9-12-19**/29-07-19**

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       Hasta el escritorio está cansado de tener a Martín leyendo y releyendo mil veces un cuento que no encuentra cómo acabar. Hace un rato fue por leche y volvió a anclarse en la silla. Ahora relee por enésima vez el cuento al que ha llamado El cristal de la felicidad, porque el protagonista no habría aceptado ningún otro título.

       Palabra a palabra, Martín sigue los pasos y malabares de Merlín, que es como ha llamado a su personaje, y no por el mago inglés, sino porque le gusta nombrar a al menos uno de sus personajes principales con nombres iniciados con M, que tampoco es porque el suyo sea Martín, sino por el de Magda, su mujer.

El caso es que Martín sigue a Merlín línea tras línea como si lo espiara para arrebatarle algo, el final que no consigue, y se va con él hasta la cabaña en la que, de cuatro a seis, tres veces a la semana, se veía con Sarah. La negra lo traía deslizándose sobre una nada interminable, en ella y sus maneras de amarlo. También le tenía la conciencia cargada de culpas que aliviaba cuando salía de la trinchera amorosa y compraba un tarro de helado de ron pasas, el favorito de Eva, y se lo daba con una notita en papel amarillo: “Sé que estás a dieta y que, aunque no lo digas, lo estás por mí; pero ¿sabes? una sonrisa tuya vale lo que no valdrán nunca unas libras menos”.

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