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UN MAL CUENTO

       Ya no es posible comenzar una historia diciendo que llueve y que el protagonista está sentado en la mesa de un café mirando por el escaparate cómo la lluvia limpia la tarde. Al menos eso cree Marcos, que, al descubrirse así, nota lo patético que resulta ser el personaje de un cuento que ha iniciado de esa manera. Piensa que, si él pudiera tomar mi lugar y escribirse, empezaría por los hechos, por el nudo, por las cosas que lo han traído a este retrato escogido para él. Marcos empezaría por ayer, cuando aún no era este personaje y se encontraba en un lugar remoto de mi ocurrencia, lidiando con el hastío de tener que respirar todos los días el mismo aire inútil del personal que dirige en el departamento de contabilidad del Banco Popular. Nadie parecía ser algo, nadie aparentaba buscar nada. Aquellas oficinas eran blancas alcantarillas.
        Es a Jiménez y a Sosa a quienes menos aguanta, a pesar de que cada mañana les da un apretón de manos y les miente con que son unos toletes, qué haría el departamento sin ustedes. Y la cosa es que no se callan hablando de sus falsas mujeres, contándose una sarta de chistes malos y misóginos. “Pero eso también es absurdo”, susurra. Narrar la historia de un personaje agobiado por la época en que vive, ser el
espejo no de sí mismo, sino el mío que lo construyo palabra a palabra, ¿qué tiene de atractivo? Eso está más agotado que la vida que le ha tocado vivir con su mujer. Todo iba tan bien con Paulina que Marcos estuvo a nada de creer en las telenovelas. Pero una mañana a ella le dio con hablar de violadores imaginarios. Empezó a decir que recordaba a sus ex, que la tocaban así y de este modo y era asqueroso porque ella pensaba en otras cosas y ellos insistiendo en tocarla como la tocaban. Luego, poco a poco, llegaba la histeria y entonces era un gritar de nombres desconocidos y de cosas horribles que según Paulina acechaban desde el aire de la
noche a que llegara el silencio para saltar sobre ella, todo a la vez. Entonces hubo que visitar especialistas (uno, dos, tres, cuatro) y todos daban explicaciones rarísimas que agotaban a Marcos de solo escucharlas. El matrimonio comenzó a tratarse de medicamentos y citas semanales, de un buscar la manera de mantener a Paulina calmada. Lloraba mucho pidiéndole que la perdonase, que ella no sabía por qué todo aquello. Después de agravarse las crisis de Paulina, cuando dijo que él también la acechaba para violarla, y que lo odiaba porque no haces nada por mí, ¿ves?, no haces nada, la internaron tantas veces que llegó un punto en que Marcos dejó de contarlas y olvidó la última vez que lo hizo.

       ¿Para qué describir en lo que yo, a estas alturas, he convertido a Marcos? Baste la imaginación del lector para verlo ahí, del otro o de este lado del escaparate, y que sea testigo de lo que son capaces la mediocridad y la locura en aquellos que no la padecen pero conviven con ellas. El sol se arropa en la lluvia de octubre. Marcos juega a creer que he tomado una pausa panorámica para hacerle notar los charcos de aguas negras que se forman en la calle, arrastrando la basura tirada en cualquier parte; el perro gris que se sacude el pelaje y corre tras una muchacha que asciende la calle en una bicicleta roja; el indigente medio desnudo que pelea contra las abrumadoras gotas, pateándolas antes de tocar el suelo y ríe al descubrir que es la lluvia quien lo acribilla. Entonces alza las manos curtidas y abre la boca roída como si fuera a recibir de ella todo lo que se le ha negado. Ahora Marcos entiende que ayer no tiene nada por donde valga la pena empezar. Cualquiera de sus inicios sería ridículo, la repetición de cosas que se han dicho muchas veces y se dirán muchas otras veces más. Según él, abundan los malos escritores como yo, que lo malogro y le pongo estas angustias, lo hago mirar su café y luego la lluvia de nuevo, su soledad alargada. “Si al menos se le hubiese ocurrido decir, como a Juan Luis, que es café lo que llueve —colado y dulce, claro—, valdría la pena empezar por cualquier sitio”. Y él le hubiera puesto tres ojos al indigente, nueve colas al perro y dieciocho alas a la muchacha. “No cuesta tanto tener un poco más de imaginación”. Si fuera café lo que lloviera, piensa, no importaría que haya empezado por donde empecé, o si en definitiva lo hacía por ayer, cuando lo llamaron para decirle que a Paulina la habían internado por tiempo indefinido; o por cuando media hora antes de esa llamada encontró en el baño a Sosa haciéndole a Jiménez lo que Neruda quiso decir que la primavera hace con los cerezos; o por cuando dos horas antes de lo del baño vio un camión de la cervecería estrellado contra una pared y la gente corría frenética a grabar y a tomar todas las fotos que le cupieran en los celulares mientras el chofer colgaba inconsciente del cinturón de seguridad con medio cuerpo afuera, desangrándose; o por el momento en que tomó el cuchillo y... No, no, ya no tiene que recordar esas cosas. No llueve café, lo que sigue es peor y yo he empezado con él en el escaparate de un café, mirando como la lluvia intenta quitar la mugre que nos hemos inventado.

       Así que, como no hay nada más que decir, no tengo por qué continuar. Ni siquiera hasta aquí he escrito algo que pueda significar alguna cosa, algo que rescate las inútiles palabras que tiene entre los ojos quien lee este cuento, esta vida que Marcos está obligado a tener o a recordar, aunque quizás nunca la ha vivido.
       Si Marcos tuviera la certeza de que con salir del café y caminar algunas calles llegaría a mi casa para encontrarme en este momento del relato, cruzaría la puerta ahora mismo a pesar del agua. Total, en Santa Lluvia siempre llueve, y capaz me reclame muchas cosas. Lo haría, aunque sabe que yo le diría no tienes permitido cuestionarme, limítate a lo que te toca sin quejas, yo sé cómo hago mis cosas. Marcos también sabe que tendría que regresar al café en silencio, mojándose otra vez, deseando tener conmigo la misma suerte que tuvo Augusto Pérez con Unamuno.
       Pide un jugo de manzana, y, después de mirar a los lados, cuida de que yo no lo descubra a pesar de saber que soy quien lo hace cuidarse de mí. Piensa que, si yo tuviera un ápice de inteligencia narrativa, el cuento terminaría aquí, ahora, antes de que se tome lo que ha de acabarlo para siempre.

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