MATAR A MOREIRA
A Delia María, mi Mita
Don Robinson, doña Angélica y don Enmanuel se gastaron la vida atribuyéndose la muerte de Moreira. Cada uno poseía su propia versión. La contaban con tanta certeza, lucidez y convencimiento que podían hacerlo de atrás para adelante. Las tres parecían irrefutables. Había quienes afirmaban que los tres, cada quien a su manera y vaya uno a saber cómo, mataron a Moreira. Aquello constituyó un increíble acontecimiento en Santa Lluvia. Jamás hubo velorio ni entierro más concurrido, ni siquiera el de don Chito, a quien todo el mundo amaba. Y no es que Moreira gozara de la estima de sus prójimos. Todo lo contrario. Es que nadie creía posible su muerte y buscaban comprobar si en verdad ya no estaba entre nosotros. Pasados los nueve días, la gente seguía yendo a su tumba. Se aseguraban de no haber soñado la existencia de una lápida cuyo mármol decía:
Alfredo Moreira Casas
9-12-19**/29-07-19**
Algún día esta historia habrá de perderse, o convertirse en una leyenda rural mal contada en la lengua de las generaciones venideras. El tiempo ha amontonado los años. He alcanzado la edad final de Borges y la tierra me tiende sus dedos. Don Robinson, don Enmanuel y doña Angélica eran fi eles clientes de la tienda de mi padre. Eso me convirtió en una de las personas que más los escuchó contar sus versiones, y terminé aprendiéndolas como si se tratara de mi propio nombre. Por ello me creo en la obligación de intentar rescatar la mayor veracidad posible de aquel hecho inolvidable, sea como sea que se recuerde. Además, agregaré una cuarta versión, una que solo yo conozco.
Doña Angélica Figueroa
Todos saben lo que era Moreira en Santa Lluvia y en cualquier lugar que alcanzaran los ojos desde este punto del planeta. Era el señor de estas tierras sin ser su propietario. Todos y cada uno de sus dueños mucho o poco o algún favor le debían. A mí nunca me había importado nada relacionado con él. Moreira si acaso era un nombre para mí, una palabra que saltaba de boca en boca, con diabluras u osadías distintas según quien las contara. Yo respiraba para buscar la comida y mantener el techo de mis mellizos. Me tocó echarlos adelante sin el papá, porque ese zángano solo me los pintó y desapareció antes de darme cuenta de que había estado con él.
Moreira se me hizo real una mañana. Llevaba a mis mellizos a su primer día de escuela, bien bonitos ellos y con sus cositas nuevas porque para eso había trabajado como loca. Detuvo la camioneta junto a nosotros y me dijo serás la mejor madre, porque sabes lo que es tener a la peor.
Aquello me dejó con las rodillas hechas un disparate y el corazón alborotado.
Todos saben la azarosa vida que tuve con mi mamá. Esa señora vivía de cabaret en cabaret. Nadie la recuerda sobria y cuando solía ir a la casucha en la que vivíamos en la calle Siete Culpas, después de días o semanas sin siquiera asomarse, me saludaba con un par de patadas. Solía gritarme que no importaba por donde lo mirara, yo siempre era la culpable de toda su desgracia. Todos saben que me fui de allí a los trece, a vivir en la iglesia del pueblo, porque una noche en que se había peleado no recuerdo con cuál de sus novios y se quedó sin cigarros y sin ron, intentó conseguir dinero ofreciendo mi virginidad a sus amigos. Sobreviví a costa de la misericordia de los vecinos y del padre Jonás, que Dios lo tenga en su gloria.
El caso es que quién era yo para Moreira, nadie. ¿Qué sabía él de mis sueños, de las cosas que quería, de las promesas que me había hecho y de las que les hice a mis mellizos cuando los tuve entre mis pechos? Nada. Y, sin embargo, aparece así como así y me lo dice todo en cinco segundos.
Todos saben cómo me enamoré de él, que ya nadie se enamora así. Los ojos de Moreira fueron los primeros en mirarme sin encontrar a la hija de mi madre, sino a mí. Eran los suyos los únicos ojos con mi nombre, conmigo, con la mujer. Y no era que Moreira me amara, él jamás conoció eso, era que, mujeriego al fi n, su mirada fue el espejo de todas las mujeres.
Para no hacer largo el asunto, que ya Moreira llevaba varias semanas siendo mucho más que un nombre para mí. Aquel hombre sin cabello y barba nocturna, blanco como el pan de agua, perfumado y bien vestido, con sus pupilas de plata y bajito, pero con una actitud imperturbable de llevar el mundo en el bolsillo, venía a mí en detalles de los que nunca antes me sentí merecedora. Una noche que me arreglé bien bonita para ir a la iglesia del padre Jonás (la verdad, fue por si me lo encontraba en el camino), se me apareció en su camioneta y me dijo ¿y si damos una vuelta?
Todos saben lo que ocurrió después, el loco delirio vivido por años con Moreira. Muchos me aconsejaron acabar con aquello porque Moreira era hombre de nadie. Tenía más hijos que conejo en vicio y había deshonrado a la niña de su compadre don Enmanuel. Me pedían respetar a doña Esmeralda y no comprendían eso de que yo era su única amante legal. Me hablaban de su ilícita riqueza, de los muertos en sus manos. Pero ¿qué sabía nadie? Nunca les contesté nada. Lo que yo viví con ese hombre no es algo para filmarse en una telenovela. Y él podía ser todo lo que fuera, todo lo que dijera la gente y hasta más, lo sé, pero yo estaba enamorada del Moreira que él era conmigo dentro y fuera de la cama. Moreira jugaba con mis mellizos y les escuchaba todos sus disparates. Ese Moreira ustedes jamás lo conocerán, porque ni siquiera yo puedo hacerle justicia sin importar lo que diga.
Ya pueden hacerse una idea de cómo se me despedazó el alma la noche del cumpleaños diecinueve de mis mellizos. Volvieron de las patronales vueltos un etcétera y me dijeron que se habían peleado con Moreira porque los llamó malditos bastardos hijos de perra. Todos saben que nunca se pudo aclarar cómo ni quién empezó la pelea, ni por qué Moreira se atrevió a insultar a mis mellizos de esa manera. Ni siquiera ellos lo tienen claro. Eso se lo tragó la muerte de ese cabrón. Bueno, la verdad nunca me importaron las razones. Él había cruzado el límite de mi tolerancia. Insultar y golpear a mis mellizos era la única de sus diabluras que bajo ninguna circunstancia mi amor por él iba a dejar pasar. Él lo sabía y, esa misma noche, cuando mis mellizos dormían, fue a mi casa, borracho, a rogarme que lo perdonara. Sí, así como lo escuchan. La única vez que Moreira se atrevió a pedir perdón, porque ni a la señora Esmeralda ni a don Enmanuel, fue a mí, ¿no me creen? Igual no creerían muchas otras cosas.
Moreira tenía el hábito de ir seguido a la cocina a tomar agua cuando llegaba a mi casa, y así lo hizo esa noche antes de deshacerse en súplicas y ruegos.
Desde ese momento mi plan estuvo consumado. Solo quedaba seguir la corriente para que no sospechara nada. Me negué a que me tocara y me hice toda rabia, lloré y lo insulté de todas las maneras que conocía, lo escupí y le repetí hasta sacarlo de mi casa lo increíble de que él hubiera llegado a eso. Bueno, tampoco lo fingí tanto. El asunto me dolía como no me ha vuelto a doler nada en la vida. Estaba matando al único hombre que amaba como hombre con todo lo que yo era. Comprendió que no iba a lograr nada aquella noche y se fue, caminando. Todos saben que, cuando al otro día lo encontraron bocarriba en el portón de su casa, la camioneta estaba frente a la mía. Inmediatamente se alejó, fui corriendo a la nevera y tiré al patio el agua de la jarra, no vaya ser que se me olvidara y a uno de mis mellizos lo enterraran el mismo día que a ese desgraciado.
Don Robinson Chapman
Era sábado ¿verdad? Sí, y había patronales.
Estábamos en el bar de Ñeño, que se había puesto bien rico con las remodelaciones y el cambio del personal, sobre todo del personal, ¿verdad? Ah, eso sí lo recuerdan, picarones. Ningún hombre con su cabeza bien ordenada visitaba otro lugar en aquellos días, y ni Moreira ni los mellizos eran la excepción, ¿cómo la iban a ser?
Nadie, ni siquiera los propios mellizos, recuerda claramente cómo empezó la cosa. Pero Moreira les lanzó un insulto que ningún alma en el pueblo se atrevería a formular
si sabía lo madre que era Angélica con esos muchachos. Eran como el oxígeno de sus pulmones o los huesos de su carne. Bueno, que se armó tremenda lanzadera de trompadas y patadas. Los mellizos salieron perdiendo, porque es verdad que estaban saludables y hermosos, pero entre ellos y Moreira había una diferencia de fuerza interminable. No hubo quien no se le fuera encima para quitárselos. Algunos le gritaban que si se había vuelto loco. Insultar y golpear así a los mellizos era algo que precisamente de él, aunque Moreira jamás se medía para dirigirse a alguien, nadie en Santa Lluvia esperaba.
Nada, los mellizos se fueron hechos puré, ¿verdad? Y Moreira se quedó como pasmado largo rato en el mismo punto de la locura, incrédulo de sí mismo como lo estábamos nosotros de verlo así por primera vez, aterrado por lo que acababa de hacer, y miren que fueron muchas y horribles las fechorías de Moreira, ¿verdad?
Entonces lo vi tan claro que jamás nada me ha parecido más nítido y despejado.
Preparé una cerveza, ustedes saben con qué, y lo invité a sentarse conmigo después de años sin siquiera darle los buenos días. La borrachera y la turbación de Moreira le impidieron reconocer a la persona con la que se tomó su última cerveza.
Luego se fue, alelado, como un cuerpo buscando su cabeza.
En cuanto cruzó la puerta me partí de la risa, ¿verdad?, casi me asfixio y ustedes ahí mirándome sin hacer nada. Bueno, tampoco podían hacer otra cosa. Todo parecía irreal y no se puede culpar a nadie. De todos modos, desde ese momento la muerte de ese traidor ya estaba sentenciada. Nunca me sentí más pleno en mi vida. Por fi n había hecho algo por Angélica y me la desquité por haberme traicionado.
Pero eso solo lo sabía Moreira, ¿verdad? Ahora puedo contárselo a ustedes. Igual ya todo fue y nada será.
No sé si recuerdan que Moreira y yo desde niños fuimos como uña y mugre. Bastaba con saber a dónde iría uno para conocer el paradero del otro, ¿verdad? Aún después de romper nuestra amistad coincidíamos casi a diario en los mismos lugares, a pesar de que intentábamos evitarlo. Uno sabía todo lo del otro, y no solo por decírnoslo, sino porque lo vivíamos juntos. No bien salía el sol y yo estaba en su casa o él en la mía, si no era que uno amanecía en la del otro. Los últimos de nuestros amigos en despedirse por las noches éramos nosotros dos. Hasta nos enfermábamos y nos sanábamos juntos. Vayan al cementerio a preguntarle a mi madre o a la de Moreira si ya lo olvidaron.
Sin marear más el asunto, que Moreira conocía de mi amor por Angélica. Sí, esa, la doña Angélica, la de los mellizos. Desde cuando se fue a vivir a la iglesia del padre Jonás y estuvo limpiecita y empezó a comer como la gente y se puso como la primera rosa que recibe el amanecer, ninguna otra mujer volvió a ser tan mujer como ella, aquí, miren, aquí, donde bulle la sangre. Moreira se pasó años diciéndome no seas mamón, ve y dile, búscala, habla con ella, lo peor que puede pasarte es que no te quiera y de eso no te vas a morir. Y cuando se supo lo del embarazo de Angélica, fue a tumbar la puerta de mi casa, hecho más cólera que hombre. Matemos al tipo, me dijo, no es de Santa Lluvia, pero yo tengo quien lo encuentre con facilidad. Eso es demasiado, le dije, y no sabemos si fue la misma Angélica la que le abrió las piernas. Y así fue, según se supo pocas semanas después.
Miren, jamás me atreví a hablarle a Angélica por la pendejada de ser hija de su madre. Cualquiera la recuerda por sus ocupaciones nocturnas, y parecía lógico que ella terminara igual. Yo no aceptaba la idea de estar con una mujer así. Cuando quedó embarazada, se creyó que era el principio de su caída hacia el destino que le habíamos asegurado. Ya ven como tuvimos que mordernos la lengua y tragarnos todas esas babosadas. En mi caso, el trago resultó funesto y la cosa fue doble. Angélica no solo terminó siendo la mujer más trabajadora de este pueblo, también fue a parar en los brazos del único hermano que tuve en la vida.
No puedo enumerar las veces que Moreira me lo dijo. Tus argumentos son puras Mariconadas para ocultar tu falta de cojones, decía, es una mujer, no jodas, una mujer con las mismas necesidades y atributos y defectos de todas las mujeres de las que se puede enamorar un hombre.
En este pueblo han comentado hasta las piedras la pelea que acabó con nuestra amistad y casi con nuestras vidas, ¿verdad? Esa tarde se me apareció Moreira en el trabajo y, sin titubear, me dijo esta mañana he visto a Angélica llevar sus mellizos a la escuela, ya que tú no la quieres, esa mujer será mía. Luego, ambos estuvimos varios días hospitalizados.
Es verdad, no he acabado de arrepentirme por mi cobardía, ni de reconocer que Moreira llevaba razón, ¿qué quieren que les diga? Pero, aun así, un hombre debe matar a otro cuando ha sido pisoteada la lealtad que los unía.
Don Enmanuel Beato
Mi cuñado dejó de ser mi cuñado cuando embarazó a Fernanda, mi hija mayor, teniendo apenas catorce años.
Vivíamos en un campo del norte, del que salió Esmeralda, mi hermana mayor, cuando se casó con Moreira para venir a vivir a Santa Lluvia. Era un campo anclado al olvido y a Esmeralda le partía el alma ver a mis dos hijas crecer allí. No paraba de decirnos a mi mujer y a mí cuánto temía que se perdieran sin una educación adecuada, casadas con un par de campesinos brutos que las echaran a perder y cosas así. Esmeralda había logrado salir adelante y gozaba de una comodidad económica difícil de alcanzar en nuestro campo. Cuando nos visitaba, insistía hasta el desgaste en que nos mudáramos a este pueblo, Moreira y yo los ayudaremos a establecerse, piensa en tus hijas, no las dejes arruinarse, y un etcétera tan largo que daba para alambrar una empalizada.
No tuvo que pasar mucho tiempo. Mi mujer y yo reconocimos que Esmeralda llevaba razón y aceptamos su propuesta. Lo primero fue dejarla traer a las niñas a vivir con ellos mientras nosotros arreglábamos algunos asuntos por allá. Mantenía a mi familia del cultivo de víveres, pero aquí lo hice de la mecánica. Se me daba muy bien ese oficio y, con el tiempo, modestia aparte, me hice el más diestro de Santa Lluvia.
Cuando mis hijas vinieron a vivir con Esmeralda y Moreira, Fernanda tenía ocho años y Lorimar, la menor, cinco. Dos años después mi mujer y yo habíamos puesto todos los asuntos en orden y pudimos venir. Esmeralda nos había estado preparando una casa no muy lejos de la suya, y ahí fuimos a vivir con nuestras niñas.
Parecíamos una familia feliz, saliendo adelante como Dios manda. El taller lo inicié en el patio de la casa, pero pronto fue preciso buscarme un lugar más espacioso y otras
manos para ayudar con tanto trabajo. Moreira era quien más clientes le diligenciaba al taller, y él mismo era el más rentable. Por entonces mi agradecimiento hacia él y Esmeralda era infinito: mis hijas estudiaban en el mejor colegio del pueblo y el futuro parecía abrigarnos en un bienestar inquebrantable.
Solíamos ir a casa de Esmeralda y Moreira al atardecer, o ellos venían a la nuestra. Nos sentábamos a tomar café y conversábamos sobre esas cosas que nadie recuerda después de hablarlas, pero que sirven para mantener las costumbres familiares. Fernanda solía sentarse en las piernas de Moreira y le rascaba la cabeza. Todos nos reíamos con ella cuando le llamaba mi tío calvo.
Así fueron nuestros primeros años en este pueblo. Nos sonreía la prosperidad y la armonía familiar. Y claro, sabía de las aventuras y las tretas de Moreira, yo mismo estuve
en unas cuantas, pero ajá, se supone que esas eran cosas de hombres.
Jamás pudimos asimilar cómo ni dónde ni cuándo, pero en el momento en que Fernanda tuvo el atraso de su mes, no fue difícil descubrir el embarazo. No sé si exista alguien capaz de imaginar la ira y la rabia y la locura que envenenaron mi razón y todo cuanto yo podía tener por dentro cuando, al preguntarle a mi hija por el padre, nos dijo toda vuelta lágrimas mi tío calvo.
Antes de salir con mi revólver a buscarlo por todo Santa Lluvia, molí a mazazos dos de sus camiones que estaban en mi taller. Cualquiera en este pueblo puede relatar lo sucedido en los años siguientes. No había lugar en el que Moreira y yo no nos entráramos a plomazos, o chocáramos nuestros vehículos de frente. Que en cada pleito era necesario recurrir a todo el cuerpo policial y de bomberos disponible en el pueblo para separarnos. No sé cómo diablos salimos vivos de esa locura.
Y nada, todo se lo llevó el carajo. Esmeralda se fue de Santa Lluvia, a la capital, y se llevó a Fernanda con ella. La niña no tiene la culpa de la cochinada de mi esposo, dijo, lo
menos que puedo hacer para subsanar la ofensa a tu hogar es hacerme cargo de ella y su criatura. No era algo con lo que mi mujer estuviese de acuerdo, pero es mejor dedicarse a mover La Pelona y no a sacarle una idea a mi hermana de la cabeza.
La verdad, mi desprecio por Moreira no era tanto por embarazar a mi hija, sino por su descarada traición, la deshonra y la vergüenza que con su desfachatez había tendido
sobre nosotros.
Los años se iban, mi nieta nació y pese a todo no ha habido sobre la faz de mi existencia un ser que yo amara tanto como a ella desde el momento en que la tuve ante mis ojos. Podría contar con una mano los fines de semana que no viajé a la capital a pasar el tiempo con ella.
Mi asunto con Moreira fue menguando sin llegar a desaparecer. Muchos creyeron que le había echado tierra cuando tuve que irme a Puerto Rico por un largo tiempo. Pero, aun después de tantos años de haberlo matado, sigo imaginando formas de arrancarle la cabeza.
La noche en que lo maté, llevaba yo poco menos de una semana de haber vuelto a Santa Lluvia. Era tarde y salí a fumar un último cigarro antes de dormir. Entonces lo vi, venía bajando de casa de doña Angélica, borracho y deshecho, como si ya estuviera muerto y solo faltara soplar las migajas de vida que le quedaban. Mi primer pensamiento fue ir por el revólver, pero temí perderlo de vista al regresar. Lo seguí a una distancia imposible de descubrirme. Mi propósito era encontrar el medio preciso para acabarlo de una buena vez y librarme de la obligación que me exigían el hombre, el esposo, el hermano, el padre y hasta el cuñado.
Moreira llegó al portón de su casa y se derrumbó lentamente, como si se escurriera por el aire. Quedó de espalda a la puerta, medio dormido. Aceleré el paso y en dos segundos ya estaba junto a él. Pensé en aferrarme a su cuello y asfixiarlo ahí mismo, pero cambié de opinión porque eso podía reanimarlo y yo no deseaba tener una pelea más con él: quería ponerle punto final a todo.
Los minutos o segundos que estuve maquinando una forma de dejar sin vida a Moreira, no sabría decirlos. No se me ocurría nada convincente.
Si algún día he de creer en el diablo, empezaré por testiguar que estuvo presente aquella noche, en ese instante, sirviéndoles a mis ganas de mandar al cementerio a quien había sido mi cuñado más querido. Lo digo porque no sé cómo ni cuándo rayos llegó a los bolsillos de mi pantalón un frasquito del líquido para plagas que vende Antonio en su ventorrillo. No dudé un solo segundo en lo que tenía que hacer y lo hice.
Esa noche no pude conciliar el sueño, ansioso por despertar de la pesadilla.
Profesor Víctor Guerrero, yo
No pretendo intrigar ni sorprender al lector. Mi interés se reduce a romper los vestidos que las leyendas rurales tejen sobre los hechos cuando el tiempo los ha abandonado. Así que lo diré sin más demoras: yo maté a Moreira.
No me dilataré en las circunstancias que justificaron mis motivos para matarlo, como lo hicieron toda la vida don Enmanuel, doña Angélica y don Robinson. Baste con decir
que una mañana mi padre se negó venderle a Moreira una mercancía reservada por otro cliente y pagada por adelantado. Moreira tomó a mi padre por la camisa, le apuntó con
su revólver en la garganta y le dijo o me vendes la mercancía o hago que te reúnas con tu mujercita, a ver si de una vez te cuenta quién es el verdadero padre de tu bastardo.
Entonces lo comprendí. Las numerosas veces que escuché (y seguí escuchando hasta el último de sus alientos) a mi padre sollozar en su habitación o en el baño no era solo
porque el cáncer le había arrebatado a mi madre el mismo día de mi cumpleaños número cinco. Era demasiado todo lo que esas palabras resumían como para no llevarlas en el alma. Yo era un niño de doce años entonces, y la noche en que maté a Moreira ya había cumplido los veinte.
Pero iré a lo que me interesa.
Estuve en el bar de Ñeño esa noche. Ratifico las palabras de don Robinson: cualquier hombre con la cabeza bien ordenada quería estar allí, más aún en noches de patronales.
Los mellizos de doña Angélica y yo éramos amigos muy cercanos y celebraba con ellos su cumpleaños.
Ocurrido todo lo que sabe el lector, estuve largo rato sentado en la barra, sin hablar con nadie, meditando no recuerdo qué. Decidí irme cuando sentí la embriaguez calarme
los sentidos. El camino más corto del bar a mi casa me obligaba a irme por la calle en la que estaba la de Moreira, así que fue inevitable encontrármelo tirado bocarriba frente
al portón.
Parecía un muerto. Su apariencia no se distinguía en nada a la de alguien listo y servido al apetito de los gusanos. Sin embargo, con toda la calma que no he tenido jamás, me postré junto a su cuerpo y verifiqué si aún respiraba. Lo hacía, aunque débilmente. Me quité la camisa y le introduje toda la que cupo en la boca y el resto en los orificios nasales. Se la dejé unos diez minutos antes de averiguar si el aliento de Dios lo había abandonado. Nunca en mi vida he sentido tanta paz como cuando le retiré la camisa de sus cavidades respiratorias y me largué, con unos pasos tan suaves y ligeros que la calle debió sentirse acariciada.
Quemé la camisa antes de irme a dormir y descansé como nunca. Al día siguiente, desperté pasada la hora del almuerzo. Me extrañó que la policía no hubiera ido por mí y me dispuse a esperarlos. Jamás llegaron. Otros se achacaban el crimen y así lo dejé ser hasta ahora, que me toca apagar la luz y decir adiós.