EL REFLEJO EN CASA
En realidad, la mayor cobardía es hacerse el valiente. Piénsalo: para aceptar que eres un cobarde necesitas de mucho valor. Por eso suspiras como si quisieras anclarte a este instante, te pones la capucha del abrigo negro con rayas grises y horizontales de todos los días, te llevas las manos a los bolsillos y, ahora que no puedes barajarlo más, sales, caminas, no miras a nadie ni a ningún lado e intentas no enterarte de lo inevitable. Pero sabemos que no tardará en aparecer el primero en descubrirlo. Hay demasiadas tiendas
con escaparates en estas calles. Yo sé que quisieras esconderte entre las finas gotas de esta llovizna y no reparar en el tipo que, al cruzarse contigo, te mira sin darle crédito a lo que ve. Quizás piense que es cosa de la hora o de la llovizna, que distorsiona las cosas con esa forma tan ridícula de caer.
No estoy muy seguro de lo mucho que podría distraerte pensar en el cumpleaños de Majid. Nunca le regalaste algo que valiera la pena, y eso que siempre supiste de la cámara fotográfica de la que no paraba de hablar. Pensaba tanto en ella que se ponía a imaginarse fotografiando a enero para recopilártelo en un álbum, o a un conejo quieto sobre el rocío de una flor, o la carretera empapada de silencio al amanecer, o tu sonrisa atrapada en la belleza, y todas las cosas que se le iban a ocurrir cuando la tuviera en sus manos.
“hoy es mayo, y ella cumplirá 26 mañana, en octubre”
Bueno, está bien. Acepto que ese pensamiento alcanza para distraerte un momento del perro que te ladra como loco desde el otro lado de la calle. Funciona mejor cuando te dices que es la sonrisa de ella la que debe quedarse en todas las fotografías para siempre, aun cuando el “siempre” se acabe. Pero regresas, porque el maldito perro no se calla. Tanto que te gustan los pastores alemanes, pero a partir de hoy —por este que nos delata y nos pone en evidencia, que arroja sobre nosotros las miradas de quienes han observado al otro lado de tu cuerpo, hasta los escaparates— a todos los odiarás el resto de tu vida.
¿Te das cuenta de cómo estar en la segunda cuadra, dejar atrás al perro y a su amo sin saber qué hacer para calmarlo, no es un alivio? Quizás lo sería poder escabullirte por los afanes y los murmullos, meterte entre las voces e ir de ruido en ruido hasta llegar a la puerta del viejo edificio, subir al quinto piso y refugiarte en ese feo lugar por el que pagas una ridícula mensualidad. Así nos libraríamos de todo esto, de todos esos ojos que se sorprenden al encontrarte sin encontrarme, de esas bocas que cuchichean por lo bajo, de esos dedos que nos señalan indecorosamente para que otros le confirmen o le nieguen lo que ellos no se atreven a creer. No e dejan más opción que la de hacerte un cualquiera, uno más, un transeúnte que apenas es consciente de su irrelevante existencia.
No tienes por qué crujir los dientes ni fruncir el ceño, ya vamos a alcanzar el fi nal de la tercera cuadra. Lo malo es que está rojo para el peatón. ¿Te digo algo? Deberías parar con eso. No vas a lograr que el semáforo cambie a verde por mucho que lo ruegues en silencio. Me molesta bastante esa necedad tuya de insistir con lo que no se puede. Así que para ahora. Quizás un paraguas hubiera ayudado con los escaparates. Nos habría disimulado bien, y no tendría importancia el llanto del bebé en los brazos de la pelirroja que espera delante de ti. Rompió a llorar inmediatamente llegaste al grupo, y ahora desata sobre nosotros un sinnúmero de miradas que se dislocan al ver la ausencia. Una mujer ahoga un grito, otra retrocede algunos pasos y un señor se quita los lentes e intenta acercarse justo cuando, al fi n, reaparece la luz verde, salvándonos, permitiéndote correr hasta la cuarta cuadra y aun hasta la mitad, donde no podrá alcanzarnos ni interrogarnos la curiosidad de nadie. ¿Vas a conservar este paso acelerado? No es mala idea. Supongo que pretendes hacer de un pronto la cuadra y algo que te falta. Desde un tercio de la quinta son escasas las tiendas y al doblar en la sexta no habrá ninguna, solo las dulces y angelicales paredes del barrio que no ven ni preguntan nada que nos importe.
Está bien, es posible que me haya excedido. Tal vez no debí ausentarme por tres días seguidos. Pero es que no puedo tolerar tus arranques temperamentales y sin sentido cada vez que algo no se hace como te gusta, para que luego quieras fingir ante el espejo que hablas contigo como si yo fuera un idiota. ¿Acaso tiene el cuerpo la culpa de algo?, ¿qué es él sin mí? Solo carne inútil. Entonces, no pretendas que solo hablas contigo. Sé muy bien que lo haces con los dos. No me obligues a hacer lo mismo que hizo Majid cuando ya no lo soportó más. En mi caso no tendrías mucha suerte, no volverías a ver el sol. Al fi n, la quinta cuadra. En la próxima esquina solo será cosa de torcer a la derecha y tener el edificio a la vista para acariciar el alivio, sentirlo expandirse como una luz que desviste la niebla y la oscuridad. No me convence que aceleres el paso. Cometes la imprudencia de ignorar que esa prisa es como un imán de miradas que nos siguen cuando, también, encuentran lo que no hay en los escaparates que por fi n van quedando atrás. El codo se acerca más y más y pareces ir tras él como si fuese prófugo de tu justicia y quieres abordarlo antes de que te alcancen los rumores que se tejen velozmente a tu espalda. Silbar no va a servir de mucho, mejor recuerda la primera vez que Majid te dijo que te amaba. Lo hizo antes que tú, y había un no sabes qué en su rostro tomado del tuyo. Descubriste que tú también la amas desde mucho antes, quizás antes de conocerla, desde
que soñaste con amar a una mujer algún día. Lo único que se te ocurrió decirle fue que, donde sea que la encuentres y mientras la sigas encontrando, la amarás. Era imposible que vieras en sus ojos dorados que al final ibas a quedarte solo, conmigo.
¡Funcionó! Ya estás en la esquina, tomas la sexta cuadra, el edificio y su color blanco contaminado de polvo, ahí en su lugar, levantado donde siempre. No resistes el deseo de correr y te precipitas a la puerta de las escaleras, entras como un relámpago, descansas unos escasos segundos recostado de la pared. Entonces subes, sombrío, avanzando como si destruyeras los escalones que van quedando abajo. No bien entras al apartamento te diriges aquí, al espejo del baño, y en él encuentras lo mismo que en los cristales de los escaparates: el vacío. Golpeas furioso la pared y de repente ahí estás, aparezco, nos ves, y quisiera no escucharte cuando apretando los dientes me dices:
—¿Por qué siempre me abandonan?