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NO ME TAPES LA CARA

     A Víctor Morel lo apresaron de madrugada, bajo la lluvia, saliendo del cementerio y con el cuerpo de su padre aún hediondo tendido en su espalda.
      —¿A dónde va con ese muerto?
      No quiso responder cuando le preguntaron.
      No dio un paso más. Se dejó hacer.
      Lo despojaron del cadáver, lo esposaron y lo subieron al camión encapotado como a un ladrón cualquiera. Se limitaba a mirar los restos de su padre con una cara de angustia más aterradora que las putrefactas facciones del muerto. Lo único que dijo, y no volvería a decir nada más en toda la noche, fue:
       —No le tapen la cara, por favor. A ver si nos deja tranquilos.
       Nadie entendió, nadie encontró en los ojos del otro la insinuación que más tarde te explico, cuando dejemos a este en el cuartel. De cualquier modo, resolvieron dejar dos oficiales en el cementerio para que ubicaran al zacateca y se hiciera cargo del cuerpo.

       La fatiga y el peso del lodo en el pijama lo obligaron a dormirse sobre la cama metálica del camión antes de que arrancaran con él. Los policías lo dejaron en paz, ahora mirándolo estupefactos. “No me jodas. Es Víctor Morel”, murmuraban. “¿No es el fiscal más joven del país?”. “Sí, y creció aquí en Santa Lluvia”. “No relajes”. “Su padre murió hace una semana. Un tumor”. “Parece que eran muy unidos”. “¿Por qué lo dices?”. “¿Qué otra cosa puede hacerte venir a un cementerio, de madrugada y bajo este aguacero, a desenterrar a tu papá una semana después de enterrado? Solo la locura de haberlo perdido”. El silencio que siguió
parecía estar de acuerdo con ese razonamiento.

       Cuando llegaron al cuartel, ni lo despertaron ni se despertó él, a pesar de que, al bajarlo del camión, más por despiste que por mala fe, no tuvieron cuidado de su sueño.
       —¿Qué hedor es ese? —preguntó el coronel a cargo cuando los policías entraron con el fi scal Morel.
       Ninguno dijo nada, más bien eran ellos quienes lo miraban con los ojos llenos de dudas, esperando que él mismo se diera cuenta. Cuando lo hizo, con el corazón en la garganta, preguntó:
       —¿Qué carajos? ¿Por qué traen así al fiscal?
       El capitán a cargo de la patrulla, un muchacho de esos que también había crecido en Santa Lluvia, fue quien le contó lo ocurrido, o lo que ellos sabían del asunto. El coronel meneaba la cabeza despacio, de lado a lado, negándose a creer lo que escuchaba.
       —Quizás el dolor, no sé... puede pasar... —concluyó el capitán.
       El coronel caminó un poco. Buscaba palabras. Miraba al fiscal Morel con una especie de lástima paternal que jamás sus oficiales volverían a ver. Era difícil aquella imagen de una de las joyas de Santa Lluvia con ese aspecto de fi n, tan parecido a la derrota.
       —¿Alguien más aparte de tu patrulla lo vio?

       —No lo creo, señor. A estas horas y con esta lluvia, solo un loc... no creo que alguien... No vimos a nadie, señor.
        —Bien. No vamos a procesar esto ni vamos a decir nada. No me atrevo. Traigan al tipo de la prensa que está ahí afuera y, antes de hacerlo pasar a mi ofi cina, quítenle la cámara y el celular y cualquier aparato que tenga encima. Yo hablaré con él. ¡Ah! También quítenle los bolígrafos. Con esos nunca se sabe.
       —¿Y el fiscal?
       —Llamen a su esposa y llévenlo a donde esté cómodo.


* * *
 

       Siempre estabas viendo los noticieros. A veces, de tarde, te quedabas dormido frente al televisor, acostado en tu cama, en ocasiones abrazado a mamá. Nunca despertabas cuando yo iba a la habitación a ver caricaturas y terminaba tropezando con el borde de la cama. Ni cuando pisaba al gato si estaba en el medio. Tampoco las veces que el control remoto se me cayó de las manos y hacía ese ruido espantoso como para avisarte que había un intruso en tu cuarto. No, nada que ver. Despertabas justo en el momento en que cambiaba de canal. Tu voz venía de lo más lejano del sueño, se abría paso entre tus torpes ronquidos y me decía, Ponme las noticias, Pero estás durmiendo, Yo las escucho así, Yo te veo durmiendo, Ponlas te dije. Y ya no decía nada, porque sabía que dirías, ¿Quieres que te cuente lo que acaban de pasar?, y me lo contabas. Sí, lo único que veías en el televisor eran las noticias. Mamá pensaba que por eso tenías tantas pesadillas. Me tapan la cara en mi ataúd, le decías, no me gusta. ¿Y eso qué tiene? Igual te van a enterrar, te decía ella. ¿Cómo que qué tiene, en serio no lo entiendes? Y para ti era tan evidente que no necesitabas explicarlo. Deja de ver noticias, te decía entonces. Como si alguien puede vivir sin saberlas, contestabas. Y yo no sé si en verdad era por las noticias, pero siempre que estábamos solos me recordabas que no debía permitir que te taparan la cara cuando te murieras. Está bien, no lo haré, ya deja de preocuparte por eso. Seguro se lo recordabas también a mamá a cada momento, cuando estaban a solas, incluso se lo gemías haciéndole el amor para que supiera que aquella cosa era lo más grande que ella podía hacer por ti. Lo digo porque, si a mí me lo mencionaste en todos los momentos de mi vida, incluso cuando me gradué de la secundaria y luego de la universidad, ¿por qué no ibas a decírselo a ella cuando hacían lo que debe hacerse en la cama de un matrimonio? Y así seguiste toda tu vida y hasta lo que va de tu muerte, recordándomelo cada día, como si fueses una agenda, y los momentos importantes eran tus favoritos para puntualizarlo. Me lo dijiste en mi boda, y aprovechaste cada caso y cada cosa que lograba en mi carrera para repetirlo. El día que me nombraron fiscal, que supiste que tu hijo era el más joven del país, me abrazaste llorando. Me siento muy orgulloso de ti, Víctor, haces las cosas tan bien que es imposible que permitas que me tapen la cara. Mamá y yo a veces nos mirábamos, cachados por el silencio, no sé si de hastío o preocupación, pero creo que los dos coincidíamos en que quizás estabas... Aún no me atrevo a decirlo, eras un padre demasiado padre como para que ahora y solo por eso yo me rebaje a tanto. La verdad es que había que entenderte. Esas pesadillas nunca se quisieron ir, y parece que fueron a acompañarte allá, donde te dejamos la última vez que te vimos. Era increíble cómo no te parecías a ti ahí tendido, como si fueras un silencio pálido, a pesar de lo bien que te vestimos, porque te gustaba ir elegante a todas partes. Tu tumba no tenía que ser la excepción. El doctor te lo decía cuando empezó lo de la cabeza, que le gustaban tus zapatos y tu correa, y que dónde compró esa camisa, y la del otro día, y que usted sí que sabe buscarles pantalones a sus pintas, ¿no es su esposa la que elige?, ¿seguro?, ¿sí?, qué raro, tiene gustos muy exquisitos, señor Morel. Hasta él lloró como nosotros. Iba a ser inevitable que ya, y fue duro ir preparándose cuando aún podíamos verte, cuando aún podías hablarnos y nos decías no preparen nada, no preparen nada les digo, solo no lo olviden, no se atrevan a olvidarlo. Y nos abrazabas como si fuéramos la piel de tu última esperanza, de tu mayor deseo. Nos los recordaste tanto, papá, lo dijiste tantas veces que, coño, lo olvidamos, y no sé a quién demonios se le ocurrió ponerte ese pañuelo. Fuimos tan estúpidos mamá y yo que ni siquiera nos dimos cuenta de cuando lo hicieron. Esa misma noche fue a mi habitación y era más nervios que mujer. Ay Víctor, ay Víctor, ¿no le taparon la cara a tu papá, verdad? No, claro que no... O no lo sé. Ay Víctor, ay Víctor, ay, ojalá que no, ojalá que no, porque, porque, sino... No sé qué quería decir ese sino, papá, pero parece que era eso de que estuvieras recordándonoslo en todas partes. Mamá gritaba de madrugada lo siento, Andrés, lo siento mucho, ¿qué quieres que haga? Y ella me encontraba murmurándole al aire ya sé, ya sé, no me lo digas más. Y a los cuatro días fue peor. La comida se le quemaba cuando se quedaba pasmada en medio de la cocina repitiéndole a la nevera perdóname, Andrés, perdóname, no puedo ir así, no tengo fuerzas, y Víctor, ay, déjalo dormir, que bien sabes tú lo que son las pesadillas. Y ella nunca supo que a veces, de camino a casa y de repente, me congelaba en la acera y tenía que cruzar la calle gritando ya no puedo hacer nada, no puedo, entiéndelo. Y llegaba corriendo para encontrar a mamá diciéndole lo mismo al café, salándolo con sus lágrimas. Esta noche vi tu queja de que tantos sacrificios que hiciste por nosotros merecían una pequeña locura para ti, y que habías tenido demasiadas pesadillas como para que ahora no pudieras descansar en paz. Y no se trata de las noticias, fue lo último que me dijiste para siempre. No recuerdo cuando salí de casa ni cuando caminé al cementerio, tampoco cuando llegué a tu sepultura ni cuando la rompí. Solo tengo clara la imagen de tu rostro cubierto por un pañuelo azul que te gustaba mucho, porque te lo regaló el doctor y se había quedado en su consultorio la última vez que lo visitamos. Lo siguiente que recuerdo es a unos oficiales diciéndome algo que la lluvia no me dejaba escuchar, y yo repitiéndoles lo que tú me dijiste desde siempre. ¿Creo que estoy dormido? Si lo estoy, mamá debe estarlo también. Seguro vas a venir otra vez, aunque te demoras, se te hace tarde. Pero ¿y la pesadilla?, ¿dónde está?

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