DE UN CUENTO SIN FINAL
Escribo porque mi cordura es nombrar el
universo y huir de él.
Ámbar Rodríguez | Otra forma de sangrar
Hasta el escritorio está cansado de tener a Martín leyendo y releyendo mil veces un cuento que no encuentra cómo acabar. Hace un rato fue por leche y volvió a anclarse en la silla. Ahora relee por enésima vez el cuento al que ha llamado El cristal de la felicidad, porque el protagonista no habría aceptado ningún otro título.
Palabra a palabra, Martín sigue los pasos y malabares de Merlín, que es como ha llamado a su personaje, y no por el mago inglés, sino porque le gusta nombrar a al menos uno de sus personajes principales con nombres iniciados con M, que tampoco es porque el suyo sea Martín, sino por el de Magda, su mujer.
El caso es que Martín sigue a Merlín línea tras línea como si lo espiara para arrebatarle algo, el final que no consigue, y se va con él hasta la cabaña en la que, de cuatro a seis, tres veces a la semana, se veía con Sarah. La negra lo traía deslizándose sobre una nada interminable, en ella y sus maneras de amarlo. También le tenía la conciencia cargada de culpas que aliviaba cuando salía de la trinchera amorosa y compraba un tarro de helado de ron pasas, el favorito de Eva, y se lo daba con una notita en papel amarillo: “Sé que estás a dieta y que, aunque no lo digas, lo estás por mí; pero ¿sabes? una sonrisa tuya vale lo que no valdrán nunca unas libras menos”.
Aquí Martín se detiene. Deja de releer y reflexiona un momento, ¿habré plasmado bien el cinismo de los infieles cuando intentan llevar en el mismo bolsillo la culpa y la ilusión, dos parientes de esos que arruinan las fiestas cuando se reúnen?
La mañana marcha sobre las diez y Martín debe irse al trabajo como a las dos. Aún le quedan unas horas para encontrar lo que busca y espera hacerlo antes de que Magda
termine de preparar el almuerzo. Eso sería como a las doce y algo. Le agobia no poder precisar si será suficiente o no.
—Depende, depende —dice, suspirando y rascándose la cabeza como si buscara sacarse una buena idea de los cabellos crespos.
Vuelve a leer. Se halla en esas líneas donde describió algunos de los gustos de Eva (resumiéndolos con un horrible etc.) que Merlín complacía sin reparo alguno. Colocaba
en los regalos más notitas amarillas que decían cosas dichas por todo el mundo y que les gusta leer a todas (¿o a casi todas?; en realidad, Martín no está seguro y lo deja así porque el lector sabe que siempre hay excepciones) a todas las mujeres.
Martín observa, casi con la misma melancolía de Merlín, la inapagable sonrisa en el rostro de Eva. Se la llevaba a todos lados. Le sobraban las razones para dejársela puesta en esa boca en la que Merlín ponía sus besos antes del amanecer y cuando llegaba del trabajo; la boca que él decía le coloreaba las horas, la boca en la que estaría feliz de encontrar la muerte. Pobre y dichosa Eva, piensa Martín, como si adivinara el pensamiento de Merlín o como si no supiera que él es el autor de la desgracia de esa mujer. Eva ni se imaginaba que todo eso que le decía su esposo era lo que él pensaba de la boca y el cabello de Sarah, de las piernas y los dedos de Sarah, de la cintura y los senos de Sarah, de la espalda y los ojos de Sarah atrapando un atardecer con la mano de Merlín en la suya y el corazón rebosado de dicha. Ignoraba su deuda con otra mujer que creía ausente, que para ella no existía ni siquiera en la suposición de que no existe.
—¿Vas a comer aquí o te la dejo en el comedor? —dice Magda en voz baja, entreabriendo la puerta de la habitación. Concluyó hace mucho que no se debe interrumpir a un escritor, que hacerlo es como llamar al padre cuando está orando o reírse a carcajadas en medio de una clase de matemática.
Magda espera. Observa a Martín. Lo ve absorto y le parece que el computador y él son una misma cosa. Él le contesta ya voy, espérame en el comedor. Se lo dice cuando
ha encontrado a Sarah en todas las orillas del pensamiento y en los hilos de la piel, a Eva en la mueca de la culpa y el relieve de la conciencia. No sabe a cuál en las estructuras del corazón. A Merlín le era confuso hablar del amor porque ama o amó a Eva, y a Sarah, su negrita, la adora, ¿cómo no?, pero ella desaparece cuando Merlín piensa en el amor. No la ve en el futuro más que como uno de sus mejores recuerdos, como algo que les contará a los nietos cuando empiecen a tener aventuras.
Despacio, Magda cierra la puerta, y Martín, amargado, como si se tratara del golpe previo a la muerte, descubre que el tiempo ha sido poco, que él no lo vio irse, que la relatividad le ha jugado sucio. ¿Qué habrá hecho Merlín que él no supiera para distraerlo de ese modo? No se tarda tanto leyendo o releyendo un cuento y menos si es uno quien lo ha escrito. ¿En qué momento se habrá perdido?, ¿cuál fue el párrafo que lo entretuvo?, ¿será ese en el que Merlín le hace el amor a Eva? Ninguna mujer es realmente feliz si el hombre que ama la colma de detalles y cursilerías pero no le hace el amor. Aunque la pobre Eva ignoraba que cuando sentía a Merlín dentro suyo, él estaba sumergido en Sarah, y que justo por eso le exprimía orgasmos que ella no recordaba haber alcanzado nunca. O quizás Martín se extravió cuando Merlín se desvanecía como un loco en la desnudez de Sarah, empapado de fluidos y sudores, arrobado por el vaivén salvaje y pulcro, atado a la voz de ella gimiendo todos sus malabares y diciéndole a su manera eso que a los amantes les gusta escuchar, y que en ese momento es lo más absoluto sobre la tierra, eso de que soy tuya, solo tuya y toda
tuya; y él, que quiero morirme aquí, contigo. Y a Sarah se le endurecían los pezones por los espasmos entre los que Merlín siseaba esas palabras.
En realidad, Martín no sabe —o más bien no recuerda— que fue cuando Merlín, atrapado en un tapón de la Máximo Gómez, sin cigarrillos y después de la habitación de siempre, decidió renunciar a Sarah con todo el dolor que no llegó a pensar que sentiría cuando llegase ese momento que desde el principio supo inevitable. Ya no soportaba más su propio cinismo. Le escupía en la cara al enfrentarse a los espontáneos detalles de Eva, que ahora eran comunes y no se contentaban con decirle a la doméstica yo le cocino, nadie prepara mejor lo que a mi esposo le gusta comer. Y era verdad.
El almuerzo, caliente, está en la mesa, y desde allí lo alcanza el delicioso olor. ¿Cómo es que Magda lo preparó en tan poco tiempo y él aún sin un final? Un final no es cosa simple, pero no es más que un maldito final, y él está en ello desde la semana anterior y Magda empezó a cocinar a eso de las diez. Le hierven las ganas de mandarlo todo al infierno. Un puñetazo revienta en la mesa del computador.
—¿Qué fue eso, Martín? —dice la voz de Magda desde el comedor.
—Nada, nada.
—Las moscas le van a pasar a la comida.
—Tápala.
—¿No irás a trabajar?
—No. Y si llaman diles que me están matando unos cólicos del diablo.
Martín no quiso que Merlín le dijera nada a Sarah hasta el siguiente encuentro. Para ella no fueron necesarias las palabras. Era de esas mujeres que descubren que es la última vez en la ansiedad con que se hace lo que se hace siempre. Aun sin Martín, Merlín sabría que era mejor así, como fue, sin adiós ni ritual de despedida más allá del que dejaron en las paredes, en las sábanas, en la bañera, sin suposiciones de lo que sería si, o si, o tal vez si... Esas cosas les eran innecesarias. Ni Martín ni ellos dos las toleraban. Sí, mejor así, con una mano y la otra agitándose despacio sobre el ruido de la ciudad, yendo de él a ella, con el atardecer tragándose lo que a Sarah le hubiera gustado protestar, pero para protestar debía olvidar su dignidad y no, eso no.
No tarda en revelarse ante Martín el otro lado de su relato, ese momento en que, estando Merlín sin Sarah, ya no le motivaba hacerle ningún detalle a Eva. La nostalgia que ocupó el lugar de la culpa no era suficiente para detenerse en la heladería y pedir un tarro de ron pasas y ponerle una notita en papel amarillo. Y ya no hubo más papeles amarillos, ni halagos a la boca ni a los dedos, ni al ombligo ni a la espalda. El sexo parecía una deuda pagada con atrasos y sin reponer las moras. Merlín lo intentó al principio. Quiso continuar las costumbres que le había dado su aventura con Sarah para compensar lo que le quitaban a Eva. El mismo día que dejó a Sarah, llevó a Eva a un karaoke. Esa noche no le hizo el amor alegando que moría de sueño y cansancio. Fue en la mañana cuando la tomó con una ferocidad y un arrebato tal que casi muere encima de ella. Pero sus intentos duraron poco más de una semana y Merlín se convirtió, sin percatarse, en un esposo ordinario. La diferencia estuvo en que supo a tiempo por qué todo en Eva se había vuelto tan opaco, tan insípido, tan irrealmente hueco.
—¡Claro, eso es! —exclama Martín golpeando otra vez la mesa.
Por fi n tiene la idea del final que quiere.
Dejará a Merlín en el momento en que sale corriendo a convencer a Sarah de volver al idilio. De esa manera, los tres serán felices de nuevo, aunque él tenga que andar cubriéndose las culpas con papeles amarillos y helados de ron pasas.
Martín toma el último trago de leche que le queda en el vaso, acomoda los dedos en el teclado, organiza como puede las ideas apiladas en la cabeza y entonces... entonces... ¡las malditas palabras no salen! No sabe cómo escribir lo que sabe que debe escribir para que quede como él quiere y otra vez lo invade la impotencia, la rabia, aprieta el puño contra el escritorio y empieza a preguntarse por qué, por qué, por qué...
Esa duda es peligrosa para mí, así que tú y yo nos iremos y lo vamos a dejar aquí antes de que nuestra presencia le advierta que él también es el personaje de un cuento sin final.